Volvamos a esos días felices en los que había héroes.
Bette Davis
Decidido, el precavido entró en el centro de buceo con una bolsa de deportes. Tenía unos treinta y ocho años, gruesas gafas de concha y un peinado híbrido de un color sin nombre: largo hasta los hombros por detrás y ausencia total de pelo por arriba y por delante, a todo lo largo de la banda central de la cabeza. El bigote tipo herradura.
Sin dirigirme la palabra y con ensayado afecto teatral puso la bolsa encima de mi mesa, la abrió y extrajo un curioso artefacto del tamaño de una cafetera grande.
-¡Voila! –dijo con vehemencia, los brazos abiertos.
-Buenos días -contesté yo-. ¿En qué puedo ayudarle?
-Tiene usted delante una filtradora-purificadora osmótica, un prodigio de la última tecnología homologada por la NASA. Con esta maravilla no tendrá nunca más problemas de cal u otros residuos en el agua de beber.
-Gracias, no creo que me intere…
-No me diga nada, -interrumpió alzando ambos brazos-, déjeme que le haga una demostración.
Con igualmente ensayada parsimonia y los párpados entrecerrados en pose de autosuficiencia sacó de la bolsa un vaso que puso en la parte inferior de la filtradora-purificadora osmótica y en la parte superior un filtro, que sacó de una bolsa de papel.
-Ahora necesitamos algo para filtrar.
Salió a la calle con grandes zancadas y se dirigió al primer parroquiano que encontró sentado en la terraza del bar de al lado.
-Perdone amigo –le dijo-, es una emergencia, venga adentro si quiere ver un verdadero prodigio.
Con gesto decidido le quitó de las manos una copa de vino tinto que acababan de traerle y con la copa en la mano entró de nuevo en el centro.
-¡Voila! –repitió seguro de sí mismo, mientras levantaba la copa para que la viera bien.
Cogió la copa y la vertió cuidadosamente, como un sacerdote oficiante, en la parte superior de la filtradora.
-¡Y ahora, observe atentamente!
Mientras veía como, en efecto, caía lentamente un chorrito de líquido casi transparente al interior del vaso, el parroquiano –que afortunadamente era un pescador del puerto a quien yo conocía- había tenido tiempo de reaccionar y entraba en el centro hecho una furia.
-¡Eh! ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién cojones se ha creído el payaso este que es para quitarme el vino?
-Tranquilo –le dije -es un experimento; mira lo que está haciendo con tu vino, lo está convirtiendo en una especie de agüilla.
-¿Y eso para qué? –cada vez estaba más enfadado-. Tendría sentido si lo hiciera al revés, como Jesucristo, pero eso que hace es una gilipollez. ¿Quién iba a querer convertir vino en agua?
-Creo que ahí te tengo que dar la razón –dije yo -tienes que disculparnos, pídete lo que quieras en el bar y diles que ahora paso yo a pagar.
-Sí, es verdad, -habló el precavido cuando quedamos solos-, eso es lo que me dice todo el mundo, pero imagínese lo pura que sería el agua que sale de este filtro y lo beneficiosa que sería para su salud y la de los suyos. ¿Cuántas le pongo?
-Déjelo ya, de verdad…
En ese momento cambió de actitud.
-Bien, la verdad es que el negocio de las filtradoras es para costearnos las vacaciones, pero aparte de mi visita profesional, Pocholo y yo queremos hacer un curso de buceo con bombona de oxígeno . Tenía la esperanza de cambiárselo por una filtradora. Eso sí –continuó -no queremos ir a más de doscientos metros de profundidad ya que podría ser peligroso.
Le contesté que podía constatar que estaba bien informado –en efecto bucear a más de doscientos metros es, con toda certeza, no solo peligroso sino mortal- y que no se preocupase, que respetaríamos holgadamente sus deseos.
Mientras me iba sobreponiendo de su virtuoso despliegue de proezas con la alquimia, convinimos un horario para el curso de buceo y le informé del precio, tras lo cual le entregué el material didáctico para uno, ya que según dijo, Pocholo no estaba tan convencido como él y se lo pensaría aún un poco.
Efectivamente, el precavido llegó sólo a la primera sesión teórica, que se desarrolló con normalidad dentro de un pequeño grupo. Lo mismo pasó con las sesiones prácticas en piscina.
El mismo día estipulado para la primera inmersión en el mar, poco antes de la hora convenida, me llamó para excusarse de que no vendría, ya que primero necesitaba comprar inexcusablemente “algo” que no encontraba en mi tienda, así que quedamos para el día siguiente.
Al día siguiente llegó el grupo y nos equipamos para la primera inmersión y justo antes de entrar en el agua, me pidió que le esperase, que tenía que ir al coche a buscar lo que había comprado.
Al momento volvió con un arpón de pesca submarina de grandes dimensiones, reluciente, aun en su embalaje original.
-¿Donde vas con eso, hombre? –le dije atónito -¿No ves que te puedes pinchar sin querer o pinchar a alguien?
-Lo tengo todo previsto –dijo mientras se sacaba del bolsillo un corcho de botella y, con una sonrisa, lo pinchaba en la punta mientras lo enseñaba con el brazo en alto al resto del grupo, con el mismo gesto con que mostrara un par de días antes la filtradora-purificadora osmótica.
El grupo de alumnos me miraba y miraba al precavido, volviendo a mirarme esperando mi reacción. Ensayé un tono autoritario y con firmeza le pregunté para qué quería eso; me dijo que no tenía la intención de cazar pero tenía que tomar sus precauciones ante un más que probable ataque de tiburones.
Había leído que en el Mediterráneo hay tiburones Además tanto su madre como Pocholo pensaban como él.
Le aclaré que para empezar estaba prohibido bucear con equipo autónomo y fusil de caza submarina al mismo tiempo, y que si bien es cierto que en el Mediterráneo habitan algunas especies de tiburones, es altamente improbable encontrarnos con uno y si tuviéramos esa suerte sería con toda seguridad una especie inofensiva, amén de una experiencia inolvidable por las que muchos pagarían dinero.
Cuando me dijo que sin arpón no entraba en el agua, le contesté que de acuerdo pero que en ese momento se acababa el curso y que no podría certificarle como buceador. Incluso le ofrecí devolverle una parte del dinero pagado correspondiente a las inmersiones no hechas.
Se mostró huraño y decepcionado y se marchó a casa con su arpón.
-Ya verá cuando se lo cuente a Pocholo. –dijo al marcharse.
Llevaba varios días oyendo mencionar al tal Pocholo pero nunca vino por el centro. No sabía que aspecto tenía ni cual era el nexo –profesional, personal o familiar- que le pudiera relacionar con el precavido. De haber portado otro nombre más común no le habría dado mayor importancia pero reconozco que me embargaba cierta curiosidad por saber quien podía pasearse por la vida con un nombre tan peculiar sin hacer nada por remediarlo.
Al día siguiente –cuando ya tenía esperanzas de no verlo de nuevo- volvió al centro y manifestó otra vez sus temores con nuevos argumentos:
-No entiendo por qué no puedo bajar con el arpón. Cuando le dijimos al de la tienda de pesca –muy amable, por cierto -para qué lo necesitábamos le pareció muy buena idea, es más, me dijo que necesitaba este modelo de competición, bastante más caro que los demás pero mucho más efectivo con tiburones y el sabrá de eso, vamos digo yo.
Al ver mi inflexibilidad ante la situación aceptó una solución intermedia. Dejarían el arpón en tierra pero le tendría que prestar un cuchillo de buceo de grandes dimensiones que usaba yo por aquellos años.
Quedamos así de acuerdo para bucear por la tarde pero cuando llegó, me dijo que las últimas circunstancias le habían convencido definitivamente de que bucear en esas condiciones sin el arma defensiva adecuada sería una temeridad y que Pocholo estaba de acuerdo:
-Es de sobra conocido –dijo con gesto victorioso -que los tiburones se excitan y se vuelven agresivos cuando huelen la sangre y que además, gracias a sus órganos olfativos hipersensibles, pueden rastrear a su presa a kilómetros de distancia. Por lo tanto sería prácticamente un suicidio bucear con esto así:
Levantó la mano y me señaló un pequeño arañazo superficial de unos tres milímetros en su dedo índice.
Se lo había hecho con un cortaúñas.
En aquel momento sacó del bolsillo un pequeño llavero con un mono de peluche azul con largos brazos y, levantándolo a la altura de su cara, le dijo:
-Vámonos, Pocholo, se acabó lo del buceo.
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Toni, mil gracias. Me has hecho reir a carcajadas lo que no reía desde hace tiempo. Esto tienes que recopilarlo y editar un libro. Sería un best-seller del buceo. Un abrazo.
ResponderSuprimirEres grande Toni. Muy grande.
ResponderSuprimirTodos son muy buenos pero "El Artista y la Sra" me ha encantado.
ResponderSuprimirDeseando leer más!!
Una historia muy divertida.
ResponderSuprimirGracias.
Tus relatos son con diferencia lo mejor y lo más gracioso que se ha escrito sobre buceo (que yo conozca)
ResponderSuprimirgracias genio