Bienvenido al blog de Toni

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2. EL ARTISTA Y SU SEÑORA

Con viento mi esperanza navegaba;
perdonóla la mar, matóla el puerto.


Lope de Vega


Era muy alta y por su ropa, muy cara. Curvas bien fraguadas, melena voluminosa con amplios rizos de cobre, voz grave, mandíbula cuadrada, labios llenos. Uñas larguísimas barnizadas en fucsia remataban dedos igualmente largos. De aspecto neumático, sus dilatados senos, ayudados por artificios industriales, pugnaban con insolencia por desafiar la ley de la gravitación universal; una batalla aun no del todo perdida. Ya entrada sin retorno en la cuarentena, una voluptuosidad barroca la envolvía.

Caminaba ondulosamente, la falda estrecha, sobre tacones de aguja de la talla cuarenta y cuatro. Un intenso y meloso perfume la rodeaba en una nube, lanzando mareante y agresivo un mensaje que la precedía:”Abran paso”.

No era fácil adivinar sus verdaderos rasgos, ocultos tras varias capas de un maquillaje denso y pesado, más obra de un repostero o de un yesero que de un maquillador.

En aquel momento no hubiera puesto mi mano en el fuego por afirmar que siempre había sido una señora o por el contrario era el resultado de una metamorfosis propiciada por la combinación medida de un cóctel de hormonas y la creatividad de un cirujano plástico que sin lugar a dudas habría pasado largas horas modelándola. Hoy -con cierta benevolencia por mi parte- sigo sin poder afirmar una cosa o la otra.

La señora del artista llegó sola al centro.

Me explicó que ella y su marido eran alemanes residentes en Mallorca y que su marido, artista pintor, tenía la intención de revolucionar el arte del siglo XX inventando su último movimiento de vanguardia: sería el primer pintor que realiza sus lienzos bajo el agua.

Tiene su lógica –pensaba yo- impresionismo, surrealismo, cubismo, expresionismo… submarinismo.

Para ello era primero necesario aprender a bucear -pintar ya sabía- y en eso podíamos ayudar nosotros. Ella estaba dispuesta a hacer el curso con él: tenía el proyecto de ser inmortalizada como modelo en las pinturas de su marido.

No es mi trabajo juzgar las motivaciones de cada uno así que me limité a explicarle los pormenores del curso, su duración y su precio y se mostró de acuerdo en todo menos en una cosa: bajo ningún concepto se metería en el agua con aquel equipo horrendo que yo tenía, con unos colores tan sosos y que no realzaba la forma de sus senos ni el color de su lápiz de labios. Me pidió que le encargara un equipo nuevo completo para ella: la calidad, el precio, la marca, eran aspectos irrelevantes y los dejaba a mi criterio. La única condición era que todo debía de ser de color rosa.

Después de consultar varios catálogos y visitar un par de tiendas conseguí un equipo casi por completo rosa. Encontrar unos escarpines rosas del cuarenta y cuatro fue tarea imposible y no me apetecía explicar a mis proveedores para qué los necesitaba, y por otra parte no estaba dispuesto a pintarle una botella, pero la señora quedó encantada con su equipo cuando se miró en el espejo.

El artista resultó ser un discreto hombrecillo que vivía unos treinta centímetros por debajo de su señora y que solo hablaba lo imprescindible y cuando ella se lo permitía: ella era también su agente.

Nada de su aspecto incitaba a sospechar de su condición de artista de no ser por sus gafitas redondas, su pipa, su pequeña perilla y su boina.

El curso se hizo largo y pesado porque la acuaticidad de la pareja era nula y la motivación era exclusivamente la artística, pero al cabo de varias semanas de gran paciencia eran capaces de realizar todos los ejercicios con un nivel aceptable y se les pudo certificar a ambos como buceadores.

Quince días más tarde me llamaron para que les acompañara a bucear al mar con la intención de pintar su primer lienzo bajo el agua. Siguiendo mis consejos, no se atrevían a ir al mar, de momento, sin su instructor.

No sé de ningún colega que haya probado a guiar en una excursión estándar a un grupo de buceadores cuyo principal objetivo es pintar al óleo bajo el agua junto a otros que no hayan demostrado un particular interés por la pintura subacuática, pero tampoco me parecía oportuno probarlo, así que les cité una tarde en la que podía dedicarme a ellos en exclusiva.

Elegí una pequeña cala, con una profundidad máxima de ocho metros, donde sabía que el mar estaría como un espejo al estar al socaire del viento.

Tras equiparnos bajamos al borde con todo el material necesario y nos metimos en el agua. Yo había previsto un sistema de anclaje para el caballete y para el lienzo, para evitar que flotaran. También tuve la precaución de sobrelastrar al artista para que no se tuviera que preocupar del control de la flotabilidad mientras le visitaban las musas.

Instalamos el caballete en un fondo de arena con unos parches de posidonia, una planta marina de largas y finas hojas que forma praderas, típica de las aguas someras de las costas baleares.

El entorno le pareció ideal para el primer paisaje de inauguración de la última vanguardia del siglo XX. La señora del artista yacía, frente al caballete, recostada sobre la arena, con la melena ondulando ingrávida, en pose de sirena-odalisca. Todo estaba dispuesto.

Cuando el artista abrió la maleta con sus enseres de pintor se desencadenó rápidamente el principio del fin: mientras que los tubos de óleos se cayeron al fondo perdiéndose entre la posidonia, los pinceles y la paleta, que había preparado con pegotes de pintura de colores antes de entrar en el mar, salieron flotando por encima de nuestras cabezas hasta dispersarse en la superficie.

Mientras tanto, la modelo me hacía la señal de “no tengo aire”, según averigüé más tarde porque se le había roto una uña.

Después de ocuparme del incidente de la señora y recoger el equipo de pintura que pudimos encontrar volvimos abajo donde el artista, caído sobre el fondo de arena como una tortuga del revés, con el lienzo encima de su cuerpo, me hizo la señal convenida de que estaba acabando el aire de su botella, por lo que hubo que recogerlo todo y abandonar la inmersión.

La escena en la orilla era una ilustración viva del significado de la palabra frustración: mientras el lienzo mojado y pesado, sin una pincelada, flotaba en la orilla, la señora del artista salía a gatas por las rocas con su equipo nuevo de Barbie buceadora estropeado por manchas de óleo de todos los colores y su cara cruzada de resbalosos surcos de maquillaje corrido que se mezclaba con el óleo en ríos fangosos de colores, desde su frente hasta su barbilla, el pelo pegado a la cara como un manojo de algas muertas y los turistas que le hacían fotos desde todos los ángulos.

Pero la imagen más triste era la del silencio del pequeño artista, a quien el esfuerzo había dejado sin resuello, mientras salía del agua lentamente, escoltado de espontáneos paparazzi, con cara de preso conducido al paredón, desconsolado al constatar –cruda realidad que siempre golpea de frente- que nunca vería sus cuadros colgados al lado de los de Matisse, Cezanne o Picasso.

3 comentarios:

  1. Desde que "dscubrí" tu blog en Forobuceo me he reido mucho con los personajes que han pasado por tus manos...
    Respecto al artista, solo decirte que si le ves, dile que no se esfuerce, que si bien es posible pintar bajo el mar, no sería ni mucho menos el primero, ALFONSO CRUZ lo lleva haciendo desde el '92, y en un reportaje sobre este pintor, que emitieron recientemente en el programama sobre el mar "THALASSA" del canal 33, el mismo pintor decia que, él, tampoco era el primero...

    Saludos!!!

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  2. casi estropeo el teclado de los lagrimones de la risa. gracias por compartirlo.

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  3. acabo de caerme de la silla k broncete...¡¡¡ jajajjajaj me meooo....no puedo masssssssdios si lo hubiera leido antes.,..... algun dia escribire alguna memoria con detalles de buceadores ,....llenare un libro desde hace 22 años veo lo que veo me callo y despues en casa me rio a carcajadas yo solo un abrazo

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