Los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos a la ligera.
Gilbert Keith Chesterton
Fue el primer cliente de la segunda o tercera temporada. Financieramente la situación era crítica y necesitábamos clientes e ingresos urgentemente para acallar a los bancos.
Era inglés. Su aspecto no era el de un millonario, pero un cliente es un cliente: vestía bermudas de los años setenta con la inscripción “Gran Canaria”, (recuerdo a los lectores que estamos en Mallorca), camiseta de propaganda de algún detergente –que por el tiempo que llevaba sin cambiársela había dejado de ser efectiva como publicidad- , chanclas con calcetines y un gran sombrero de paja bajo el cual sobresalían dos grandes orejas demasiado despegadas de la cabeza, como dos pequeños rudimentos de alas atrofiadas. A contraluz, un haz anaranjado atravesaba sus traslúcidos cartílagos. De su hombro colgaba una enorme bolsa de tela roja con propaganda de un touroperador en letras amarillas. Cerraba su indumentaria un largo foulard naranja que, tras dar cuatro vueltas alrededor de su cuello, caía hasta sus rodillas.
Tras ser informado de las diferentes posibilidades para iniciarse en el mundo del buceo dijo que le interesaría hacer un bautismo de buceo, ya que su situación financiera tampoco era boyante y no podía permitirse –de momento- un curso completo.
El bautismo de buceo es un pequeño cursillo que suele durar medio día y en el que se hace una inmersión a poca profundidad junto a un instructor, pero que no basta para obtener una titulación. Era perfecto para él.
Sus motivaciones eran bastante originales: “Bucear debe ser la experiencia más parecida a levitar que se puede tener”.
Nos explicó que pertenecía a un grupo -nunca pronunció la palabra secta y no seré yo quien lo haga- que se dedicaba a reunirse para levitar: Los Yogic flyer.
Antes de que yo lo preguntara él me lo aclaró: “sin ayuda de substancias de ningún tipo”.
Me explicó que los Yogic flyer es una extensión natural de la meditación Trascendental, es un grupo muy numeroso repartidos por todo el mundo y que siguen las enseñanzas del gurú indio Maharishi Mahesh Yogi.
Siguió explicando que hay más de cien mil Yogic Flyers en todo el mundo: doctores, abogados, ejecutivos, profesores, políticos, militares y líderes religiosos y que exhaustivos estudios científicos habían demostrado que la energía de esa comunidad influía en el orden de la sociedad reduciendo el crimen, los accidentes, las enfermedades, el terrorismo, la inflación y el desempleo.
De esa forma, cuando un grupo de levitadores se reúne, se puede conseguir canalizar la energía del entorno y hacer muchas cosas positivas para el ser humano y por la tierra.
Según contaba hay cuatro estados de levitación y se pasa de uno a otro tras muchos años de práctica y meditación. Siguió con una somera descripción de cada uno de los cuatro estados:
Nivel I: No se levita en absoluto.
Nivel II o “estado del salto de la rana”: En una posición similar a la de loto en el yoga, se toma un pequeño impulso con las piernas y durante una fracción de segundo –lo que dura el saltito- el cuerpo está separado del suelo “en estado de levitación”. El gran inconveniente de este estado es la corta duración de la experiencia levitatoria y la ventaja es que se puede repetir tantas veces como se quiera hasta que el levitador se canse o se le duerman las piernas.
Nivel III: Mantenerse en estado de suspensión a varios centímetros sobre el suelo. Control de mente y cuerpo, gran nivel de espiritualidad.
Nivel IV: Volar libremente por los aires. Comunión con el entorno. Nirvana.
Me explicó que llevaba cinco años en el grupo de los Yogic flyer y me dijo con orgullo que ya estaba en el nivel II. En su grupo había pocos levitadotes de nivel II, la mayor parte eran de nivel I y de momento no se conocía ningún adepto de niveles III o IV ni en su grupo ni en ningún otro.
Yo no me mostré en absoluto escéptico, estaba demasiado ocupado en argumentar lo bueno que sería para él hacer un curso de buceo, tal vez así llegaría un día al nivel III, pero él se empeñaba en demostrarme con pruebas irrefutables lo veraz de su teoría: me explicó cómo –él no estaba pero conoció a alguien que sí- un grupo de más de cien Yogic Flyers de niveles I y II se concentraron en un parque de Washington DC para hacer el salto de la rana y ese año el índice de criminalidad en el estado de Washington descendió un tres por ciento.
Mostró una sonrisa de victoria ante mi visible estupefacción.
Cuando pude cerrar la boca le dije que ante un argumento de tal rigor no me quedaba duda alguna de que el curso de buceo era una necesidad vital e ineludible para su desarrollo personal y que si quería podría hacer el bautismo de buceo esa misma tarde.
Por la tarde llegó a la hora convenida en un estado de gran excitación. Había ayunado y practicado levitación en estado II en la playa para prepararse para el buceo.
Me resultó curiosa la observación que me hizo sobre lo agradables que son los policías municipales de mi localidad.
Había tenido una gran idea que quería compartir conmigo: en lugar de cambiar una enseñanza trascendental como el buceo por la cantidad de dinero estipulada -desprovista de toda espiritualidad- estaba dispuesto a cambiarme el curso de buceo por un curso de levitación.
Yo le contesté que de momento mejor le cobraría el curso ya que yo podía garantizarle que bucearía y que con mucho gusto haría el curso de levitación con él y le devolvería el importe íntegro si él conseguía hacerme levitar.
Por alguna razón decidió pagarme sin más y hacer el bautismo, durante el que me concentré en enseñarle algunos ejercicios de control de flotabilidad, con los que se veía que disfrutaba intensamente.
Al cabo de una hora, sonriente, salió del agua, agradecidísimo, feliz y pletórico: el buceo había sido definitivamente una experiencia trascendental que sin duda le ayudaría en su desarrollo espiritual.
Cuando se despidió y salía por la puerta me pareció que casi no tocaba el suelo.
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No puede ser verdad!!!!!Que risa
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