Bienvenido al blog de Toni

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6. LAS CHICAS DEL CORO

¿Por qué buscáis la felicidad, oh, mortales, fuera de vosotros mismos?

Boecio


Recibimos una llamada de un hotel para reservarnos una excursión de snorkelling; es una excursión que consiste en nadar por la superficie observando los fondos desde arriba y equipados con traje de neopreno, gafas, tubo y aletas pero sin botella de aire comprimido ni regulador.

El recepcionista nos informó –con un poco de guasa sospechosa- que era un grupo de doce chicas y querían hacerla juntas.

Perfecto: el barco estaba despachado para doce personas más el patrón. Concretamos la reserva para cuatro o cinco días más tarde, el primer día que teníamos unas horas sin ninguna otra reserva.

Lo primero que pensé es que Víctor, el patrón, se pondría muy contento al enterarse de que tendría un grupo de doce chicas para él solito.

Cuando llegó el día acordado enviamos dos furgonetas a recogerlas al hotel. Resultó ser uno de los grupos más alegres y encantadores que hemos tenido nunca: doce jóvenes negras de Estados Unidos o -para utilizar el eufemismo políticamente más correcto- afroamericanas.

Todas ellas peinaban cientos de trencitas afro pegadas al cráneo y todas ellas lucían con orgullo y sin complejos el efecto de años de abuso desmedido de restaurantes de esos donde se paga antes de que te sirvan.

Se repartieron entre las dos furgonetas y comenzamos el camino hacia el centro. Las furgonetas están equipadas con radios para comunicarse entre ellas, así como con el barco y con la oficina, y en un momento dado, se oyó desde el vehículo que yo conducía unos compases de música gospel provenientes de la otra furgoneta. En ese momento todas las chicas de mi vehículo empezaron a tocar palmas y a cantar a varias voces. Desde el principio fue evidente que eso era el vínculo que las unía: eran nada menos que las componentes del coro de música espiritual afroamericana de la parroquia presbiteriana de St. Thomas en Mosses, Alabama, y la verdad es que eran muy buenas.

Durante los quince minutos que duró el trayecto no pararon de cantar y tocar palmas y, cuando llegamos al centro, el personal estaba esperando fuera con la boca abierta ya que habíamos transmitido todo el concierto por nuestra frecuencia interna de radio.

Equiparlas fue un problema. Ya durante el trayecto era lo que más me preocupaba y mientras disfrutaba de la música, le daba vueltas al asunto para encontrar una solución. Tenemos unos cincuenta trajes de todas las tallas, incluidas las más grandes de las estándar: la cinco y la seis, y varios trajes de tallas siete y ocho hechos especialmente para nosotros por el fabricante, para cubrir las necesidades de los clientes XXL.

Lo que no podíamos prever era que necesitaríamos al mismo tiempo doce trajes de la talla siete y ocho.

Recurrimos al almacén donde rescatamos algunos trajes que ya habíamos retirado por haber llegado al final de su vida útil y con un poco de buena voluntad, muchas risas y dos litros de gel de baño a modo de lubricante conseguimos embutir a todas aquellas simpáticas artistas en sus respectivos neoprenos.

Una vez enfundadas, cada una sacó de su bolso y se puso un gorro de baño de látex para proteger sus sofisticados peinados: el más simple de los doce gorros era un festival de colores chillones con florones y motivos decorativos de lo más escandalosos.

Cuando esas doce cabezas floridas se sentaron frente a mí en tres hileras de cuatro sillas para recibir el briefing de la excursión no tuve más remedio que pensar que no era exactamente aquello lo que me imaginé que tendría que hacer cuando años atrás decidí montar un centro de buceo.

Después de la explicación llegó el patrón para acompañarlas al barco. El hombre miraba al ramillete de clientas en sus trajes y me miraba a mí, y volvía a mirarlas y me volvía a mirar a mí, así una docena de veces hasta que le dije: “SON TUS CLIENTAS DE HOY, y están listas, así que adelante”.

Víctor, nuestro patrón, además de marino, es instructor de buceo y un gran profesional con muchísimos años de experiencia y que ha visto de todo, así que tras el breve lapsus volvió a su papel y les dijo a las chicas: “¡Estupendo, acompañadme al barco!”.

El paseo de cincuenta metros que separa el centro del barco despertó más expectación que si hubieran pasado los del día del orgullo gay.

Mientras la fila de alegres y orondas negritas de cabeza floreada desfilaba contoneándose en fila india revestidas de neopreno, cantando gospel y tocando palmas, la gente, a su paso, se quedaba congelada mirando sin mover ni un músculo: en las terrazas los camareros se quedaban con las cervezas en la mano sin llegar a ponerlas en las mesas, los clientes con la boca abierta a punto de morder un bocadillo pero sin llegar a morderlo, los coches parados…Hasta los pescadores del puerto, gente hosca y cerrada por naturaleza, que nunca miran a los turistas, dejaban las redes que cosían o los cajones de pescado que descargaban durante un instante para ver pasar a tan vistosa comitiva.

El trayecto en barco duró el doble de lo habitual. Cada vez que el patrón daba un poco de gas las chicas gritaban de pavor abrazadas unas a otras mientras se santiguaban frenéticamente repetidas veces para terminar besando sus crucifijos.

El patrón eligió una cala muy protegida que parecía más bien una piscina, con agua clara y como un espejo y poca profundidad para que el grupo -evidentemente poco habituado a la actividad física- no encontrara ninguna dificultad al poder ponerse de pie en el fondo cuando quisieran.

Cuando el barco fondeó, el patrón informó a las chicas que a partir de entonces tenían una hora para hacer snorkelling dentro de la cala y que al cabo de la hora se las llamaría con la bocina del barco. Asimismo se ofreció para cualquier cosa que pudieran necesitar durante esa hora.

Pero primero tenían que merendar: sacaron varias cajas de donuts de chocolate, bollos de crema y otras numerosas vituallas generosas en grasas transgénicas polisaturadas -si eso existe- con las que estuvieron entretenidas los primeros veinte minutos.

Después de reponer fuerzas y tras sopesar la sugerencia de una de ellas de si debían o no guardar la digestión llegó definitivamente la hora de hacer snorkelling así que se pusieron de rodillas y se cogieron de las manos en círculo mirando al suelo para rezar y pedir protección a las entes divinas.

Una por una decían sus plegarias mientras las otras coreaban: “¡Amén aleluya!”.
- Señor, protégenos con tu infinita sabiduría de morir ahogadas bajo las olas.
- ¡Amén, aleluya!
- Señor, protégenos con tu divina bondad de perecer devoradas por las criaturas marinas.
- ¡Amén, aleluya!
- Señor, haz que tu divina misericordia nos conceda llegar sanas y salvas de nuevo al puerto para poder seguir cantando tus bondades.
- ¡Amén, aleluya!
- Señor, ilumina a este capitán tan guapo para que nos socorra si tenemos un desvanecimiento debido a agotamiento físico o corte de digestión.
- ¡Amén, aleluya!

El patrón, desde arriba, veía ese anillo de cabezas unidas como una corona de flores de carnaval y miraba el reloj -ya habían transcurrido cuarenta minutos de la excursión- sabiendo que no podría alargarla mucho más porque había otro grupo en ese momento que estaba siendo equipado para la siguiente salida.

Como colofón a las plegarias, ya de pie, empezó el gospel: de nuevo palmas, cantos polifónicos a capela y contoneos de generosas caderas forradas de neopreno a compás mientras miraban al cielo agitando los brazos.

El patrón empezó a preocuparse seriamente por la estabilidad del barco, más teniendo en cuenta que la línea de flotación ese día estaba bastantes centímetros por encima que con los grupos habituales.

Así que amablemente las invitó a seguir cantando sentadas o a irse al agua a aprovechar los últimos diez minutos de la excursión de snorkelling.

Mientras tanto, los bañistas en la cala se concentraba de pie en la orilla para ver qué pasaba en aquel barco de locos; alguno con prismáticos informaba a los demás de los detalles.

Ninguna quería ser la primera en entrar en el agua, todas se decían: “No, entra tú y yo voy después” o “No seas tonta, ve que ahora mismito voy yo”.

Al final se pusieron las máscaras y las aletas, y se pusieron de acuerdo para entrar todas al mismo tiempo después de que la líder del coro se metiera.

La líder del coro, mientras la sujetaban otras dos a ambos lados y el patrón la esperaba en el agua con un flotador de esos tipo baywatch, decidió que sería la primera e intentó meterse en el agua.

Al cabo de otros cinco minutos y doce ataques de risa a cuatro voces consiguió meter en el agua hasta la mitad de una aleta, tras lo cual se salió a comerse un donut.

De esa forma llegó el final de la hora y quince minutos de propina y el patrón anunció que muy a su pesar tenía que volver a puerto ya que había otro grupo esperando, a lo que todas respondieron: “Sí, por favor, ¡Alabado sea el Señor!” y empezaron de nuevo a cantar.

El barco llegó a puerto despacito, las chicas se dirigieron al centro con sus neoprenos y sus gorros de baño secos y cuando les preguntamos qué tal había ido la experiencia habló la líder:

“Muy bien, fantástico: ninguna habíamos hecho snorkelling antes. ¡Nos ha encantado! ¡Y yo soy la que más tiempo ha estado en el agua!”.

2 comentarios:

  1. jajajaja
    Muy buen relato.
    Tendrias que recopilarlos en un libro como hacen las azafatas, médicos o policias.
    El título podría ser algo asi "Aventuras y desventuras con los clientes de mi centro de buceo" o "Como dirigir un centro de buceo y no morir en el intento"

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  2. “Completamente SUBLIME!!! Hilarante, enhorabuena!!!”

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