A fin de cuentas, todo es un chiste.
Charles Chaplin
Yo nací en el año 1964 y como muchos niños de mi generación esperábamos cada semana para ver los episodios de Cousteau “El mundo submarino” en nuestro televisor en blanco y negro con un solo canal.
Aquel mundo me tenía fascinado y no podía concebir una vida más plena que las de aquellos vividores Cousteau, Falcó, Gagnan, Taillez, Dumas, etc. que un día buceaban con ballenas, al día siguiente buscaban un tesoro y pasaban aquellas cálidas noches de pipa y vino tocando la guitarra en bañador, sobre la cubierta del Calypso.
Yo quería ser uno de ellos pero en aquella época no había centros ni clubes de buceo en Cádiz y el cómo iniciarse en el buceo era un misterio.
Lo único que pude hacer para emular parcialmente a mis héroes fue comprarme una pipa y, a escondidas, intentar sin éxito aprender a utilizarla.
En aquella época las niñas forraban sus carpetas de clase con fotos de los Pecos y los niños con fotos de motos o de futbolistas. Las mías estaban forradas con fotos submarinas de buceadores y de tiburones.
Mi padre era jefe de máquinas en un remolcador de altura donde también trabajaba un buzo. La única forma que se me ocurría para poder bucear era convencer a mi padre de que le pidiera ese favor a su compañero.
Tardé dos años en convencerle, porque el buceo le parecía una actividad llena de peligros y de ninguna manera quería que me expusiera a ellos.
Él mismo estuvo a punto de ahogarse de pequeño cuando saltó de cabeza desde un pontón en un caño donde normalmente había bastante agua, pero al haber muy poca ese día, a causa de la marea, se quedó clavado de cabeza en el lodo del fondo. Le salvó en el último momento un marinero alemán que andaba por allí.
Al final y para que le dejara en paz me dijo que me permitiría bucear cuando el perímetro de mi pecho fuera mayor que el de mi cadera.
Durante ese tiempo seguía yendo al mar en bicicleta a diario con mis aletas y mis gafas para hacer apnea cuando acababa la escuela y cuando volvía a casa le cogía el metro de coser a mi madre para medir el progreso de mi desarrollo pectoral.
Cuando con mis pulmones llenos el perímetro de mi pecho empezó a ganarle milímetros al de mi cadera confronté a mi padre con su compromiso, que tuvo que cumplir.
A las pocas semanas me llevó al barco y me presentó al buzo. Era un hombre enorme y visiblemente malhumorado por tener que hacerle el favor a mi padre precisamente a la hora de siesta.
Aun recuerdo el intenso olor a gasoil en el pañol de buceo del barco donde por primera vez pude ver con mis ojos y tocar con mis manos un equipo de buceo real. ¡Y era en colores!
Cargamos el equipo en una pequeña zodiac y salimos a uno de los caños que desembocan en la Bahía de Cádiz. Para quien no conozca la zona, el agua, removida por las constantes corrientes de bajamar y pleamar y con fondos cenagosos, es lo más parecido al Cola-Cao que se puede encontrar en el mar.
El buzo no solo no tenía ganas de llevarme a mar abierto sino que no tenía ninguna intención de tirarse al agua conmigo. Siempre pensé que había hecho un pacto secreto con mi padre para que la experiencia fuera tan horrible que se me quitara de una vez por todas la obsesión por el buceo y me centrara en cosas más terrestres como la escuela.
No hubo clases teóricas, ni brieffing, ni me explicó como compensar los oídos, ni que no debía aguantar la respiración. Afortunadamente todo eso yo ya lo sabía por lo que había visto y leído.
El único equipo disponible era el suyo. El debía de medir un metro noventa y pesar sus buenos ciento treinta kilos. Yo era un niño de diez años bastante pequeño.
Los trajes de entonces no eran de neopreno sino de goma, de esos negros con una rayita amarilla en las mangas. A medida que el agua de mar los pudría se iban recauchutando con parches de goma hasta que terminaban por deshacerse.
Las aletas, también de goma maciza, talla cuarenta y cinco, no me las puso para que no se las perdiera. Me puso un cinturón con quince kilos de plomo y un tribotella que sobresalía veinte centímetros a ambos lados de mis hombros. El regulador era un bitráquea Nemrod Snack III (Todavía conservo uno de esos como pieza de museo)
El aquellos tiempos no había regulador de reserva, ni manómetros para medir el aire de las botellas, ni chalecos ,aquella botella no tenía ni siquiera back-pack ni varilla de reserva. Se ataba directamente con atalajes a la espalda.
Compensar la presión de los oídos no era fácil ya que las máscaras eran ovaladas y las primeras no tenían hendiduras para meter los dedos sino que había que pegarse el fondo de goma de la máscara contra los orificios de la nariz.
Llevaba un cuchillo, y me dijo que, para ver cuanto aire quedaba, cada diez minutos lo cogiera y golpeara la botella: si hacía “clin-clin” significaba que tenía aire y si hacía “clon-clon” significaba que no tenía, por lo que tendría que subir. No sé muy bien por qué me dijo esto ya que sin aletas y con el peso de todo el equipo era incapaz de moverme por mí mismo.
Me ató un cabo alrededor de la cintura y me dijo: “¡Ala, a bucear!” mientras me pegaba un empujón tirándome al agua.
Nunca sabré a qué profundidad estuve, solo que caía y caía en picado sin ver nada hasta que me quedé completamente clavado en el fondo de lodo. Mi boca y la mitad de mi máscara quedaron por debajo del nivel del fango y mis posibilidades de moverme al menos un milímetro eran nulas.
Años más tarde evoqué esa escena leyendo un verso de Neruda:
“Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio“
Yo seguía oyendo mi respiración en la oscuridad total y de lo único que era consciente era de que el aire que respiraba tenía un sabor inconfundible a paella. Más tarde supe que la toma de aire del compresor para cargar las botellas estaba situada al lado de la chimenea de extracción de la cocina del barco, por lo que se supone que el día en que se cargó la botella, la tripulación comió paella.
La evocación de aquella paella de mariscos la respiraba yo grano a grano a ciegas allí abajo.
Debe de ser eso lo que llaman paella ciega.
Estaba solo, a oscuras e inmovilizado, clavado contra el lodo por el peso del tribotella y en un traje de goma diez tallas mayor que la mía, pero en mi fantasía de niño buceaba en arrecifes de coral entre ballenas y tiburones y rodeado de lingotes de oro y cofres de doblones.
No sé por cuanto tiempo estuve fantaseando. Al cabo el agua empezó a aclararse levemente alrededor de mi cara. La visibilidad pasó a ser de diez centímetros.
Yo no podía mover la cabeza, pero al poco rato, muy lentamente, entró en mi campo de visión un cangrejo ermitaño que cruzaba de izquierda a derecha frente a mis ojos. Cuando llegó justo delante de mi nariz, se paró y volviéndose, me miró. Tuve la impresión de que sacudió lentamente la cabeza mirando para abajo como diciendo: ¡Qué demonios…!
Cuando empezó a moverse de nuevo para seguir su camino sentí un fuerte tirón de la cuerda que trataba de desclavarme del fango y que cuando lo consiguió haciendo un ruido como de lapa o de ventosa al despegarse, me subió a toda velocidad.
Mi desganado mentor se había quedado dormido en la zodiac y se había olvidado de mí. Cuando se despertó, sin saber cuanto tiempo llevaba yo allí abajo, tiró de mí como un condenado esperando recuperarme vivo para no quedar mal con mi padre.
Al subirme a la zodiac me quitó el equipo y sin dirigirme la palabra arrancó el pequeño fueraborda para volver al barco. Una botella de whisky Dyc vacía vibraba tintineante contra el depósito de gasolina.
Cuando llegamos al barco, ya en bañador, me quitaron las densas pellas de lodo negro del cuerpo a fuerza de manguera y allí estaba mi padre intercambiando medias sonrisas socarronas con el buzo y me preguntó guasón: “¿Qué? ¿Te ha gustado?”
Las ballenas pasan por el estrecho a tan solo dos horas de navegación del punto donde estábamos y en cuanto al oro, ¿Quién sabe? A lo mejor estaba debajo de mí, a tan solo un par de palmos enterrado bajo el lodo, después de todo estábamos en la Bahía de Cádiz.
Yo le contesté: “Es maravilloso, de mayor voy a ser buzo”.
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si alguna vez olvido que és llevar sangre de submarinista en las venas, acudiré a este relato para recordarlo
ResponderSuprimirgracias por compartirlo!!!!!
Un saludo
http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1962/07/24/001.html
ResponderSuprimirBesos