Yo le conocí como buceador. Colau era un gran tipo y un gran buceador.
Empezó a bucear de niño con su padre, Pep Beltrán, uno de los pioneros del buceo en Mallorca, de los que se tenían que fabricar su propio equipo en los años 50. Pep Beltrán registró algunas patentes de equipos de buceo y náutica y pasó toda su vida buscando tesoros en el mar de las Baleares y en todo el mundo. Entre otros proyectos trabajó en la búsqueda del tesoro de la reina de Saba, consistente en 120 sacos de oro regalo del rey Salomón, y que situaba en el fondo del mar, o en la búsqueda de “un submarino japonés hundido con treinta toneladas de lingotes de platino”.
Colau no solo heredó de su padre su afición por la historia de los naufragios sino también la imaginación y la capacidad para aderezar y fantasear sobre sus hallazgos mezclando sin malicia hechos constatables con deseos míticos: donde encontraba unos trozos de ánfora veía un yacimiento de ánforas enterradas. Si encontraba unos hierros retorcidos y unos trozos de madera era capaz de decirte el nombre del pecio y si encontraba una moneda estaba a punto de encontrar un enorme tesoro.
No obstante, mucha de la información que compartía con quien tuviera interés en conocerla era verídica y de un enorme interés arqueológico como muchas veces tuve la ocasión de comprobar.
En cualquier caso siempre era una delicia escuchar sus historias y cuando le conocías bien disfrutabas de igual manera de las partes reales y de las “licencias literarias” sabiendo que intentar separar una parte de la otra supondría despojarlas de su encanto.
Le conocí el 24 de mayo del 94. Hace dieciséis años. Lo sé con seguridad porque el día anterior conseguí su teléfono y le llamé para conocerle. Quería que me diera alguna información sobre los naufragios que conociera en la zona. Tras nuestro encuentro quise escribir algunas notas para no olvidar aquel primer encuentro y en las notas figura la fecha.
Posteriormente le veía muy a menudo, venía a verme para charlar de naufragios y fuimos a bucear varias veces. Al cabo de los años me pidió que le hiciera un título de buceador ya que se iba de vacaciones a Méjico y quería bucear por allí. Me tuve que reír porque nunca sospeché que, buceando perfectamente, nunca había hecho un curso estandarizado. Le hice su título de buceador y cuando llegó de Méjico me contó que había ido a una excursión de snorkelling y se alejó del grupo. La tripulación le advertía desde cubierta con mucha vehemencia que se alejara de aquella zona pero no hacía caso. En el momento en que dos marineros se tiraron a por él vio la razón: una extensa alfombra plateada de piezas de a ocho sobre un lecho de arena de las que no pudo coger ninguna.
Durante los años que le traté me contó muchísimas historias de tesoros, de piratas y de naufragios, todas interesantísimas, y solo le cortaba cuando su imaginación se desbocaba y empezaba a hablarme de ovnis o se ponía a teorizar sobre la ubicación de la Atlántida.
Una vez me contó que justo enfrente de Cala Bona estaba el naufragio del “Río Piedra” una llaut de altura con matrícula de Huelva, que transportaba 350 toneladas de sal y rompió la quilla tocando con unos bajos en un temporal. Al patrón, D. Manuel Carbón, lo encontraron ahogado atado al palo mayor, cuando los marineros de Cala Bona pudieron acercarse al cabo de varios días al amainar el temporal. En su ropa encontraron el rol del barco, un billete de cien pesetas, la foto de su mujer y un décimo de la lotería de Navidad.
Otra vez me habló de “Els Espessos”, una zona misteriosa a dos millas por fuera de Sa Coma donde los pescadores evitan calar sus redes porque hay unas misteriosas “uñas submarinas” que las destrozan. Me contó que una vez un pescador sacó de allí una gruesa cadena de oro con una cruz que tomó como un regalo de Dios. Años más tarde, un buceador profesional, contratado para rescatar unos aparejos, relató que al bajar vio un gran círculo oscuro en medio del arenal donde pudo ver una maraña de barras y tubos con argollas, como anclas, durante muy poco tiempo, porque tuvo que subir para no hacer una descompresión muy larga.
Reproduzco aquí íntegramente las notas que escribí hace dieciseis años, después de su visita, y que tras una hora de búsqueda he conseguido localizar entre mis papeles:
Colau llegó a la cita puntual. No habíamos convenido ninguna hora precisa cuando hablamos por teléfono el día anterior pero llegó en el momento en que le esperaba.
Lo vi a través de la ventana de mi oficina. Con su casi metro noventa llegaba montado sobre una pequeña bicicleta que llevaba un canasto de mimbre sobre el guardabarros delantero, que a su vez tenía pegadas unas fotografías de tortugas de tierra mallorquinas.
Nos instalamos en la terraza del bar “Nautic” donde pidió un café con leche y un donut. Creo que sabía por qué le llamé ya que comenzó a contarme sus historias sin necesidad de que yo se lo pidiera.
Estuvimos una media hora sentados; yo lo escuchaba y él daba rienda suelta a su imaginación o a su memoria, pues nunca se sabe en qué proporción se mezclan.
No puedo acordarme de todo pero sé que me habló de la flota de Andrea Doria, de una enorme esmeralda de Moctezuma, de un tesoro que abandonó Napoleón en su huída, de otro de escondió Hitler, de una estatua de Mercurio que apareció en un pecio fenicio, del enorme tesoro perdido en la ría de Vigo cuando se hundió una flota entera, de otro en la Guinea española, de otro en Menorca, de ocho barcos hundidos donde un solo buzo trabajó hace un siglo y solo sacó una pequeña parte de un enorme tesoro, de otro encontrado recientemente en Cuba, en los bajos del Francés, de donde se sacaron montañas de monedas de oro, de una familia de pescadores de Cala Bona que engancharon en sus redes un mascarón de proa de una gran canoa africana y otra vez ocho ánforas romanas enteras de una sola pasada en un sitio que bautizaron como “Son Gerra” a unos noventa metros de profundidad, me habló de un proyecto detalladísimo para sacar el pecio fenicio del islote del Sec entero y en pocas horas, y finalmente me habló de una zona en la Punta de N’Amer donde curiosamente confluyen tres circunstancias:
Le primera es que existe una cueva con dos entradas, una desde tierra y la otra desde el mar, muy angosta, que fue utilizada por los habitantes primitivos de la zona en la época talayótica para cazar la foca monje, viniendo sigilosamente desde tierra y apostándose para luego sorprenderlas y dispararles con sus flechas. Dentro de la cueva se podían encontrar puntas de flechas, dientes de foca perforados y restos de osamentas y calaveras humanas.
La segunda es que en el fondo del mar, justo delante de la cueva hay una zona donde hubo en su día una lluvia de meteoritos y que aun se pueden ver dentro de sus cráteres.
Y la tercera es que también en el fondo del mar, cerca de los meteoritos hay una “mula” de piedra donde chocó un barco mercante en los años cincuenta dejando caer parte de su carga de chatarra de la guerra civil, y que se pueden ver todo tipo de objetos metálicos como máquinas de coser.
En ese momento de su relato le interrumpí y le dije que me llevara allí, cosa que aceptó sin dudar y, después de pagar, subimos a mi barca y nos dirigimos a la punta de N’Amer. Fueron veinte minutos de navegación durante los cuales seguía contándome historias de tesoros perdidos aunque yo no oía nada por culpa del ruido de los motores.
Cuando llegamos a la punta de N’Amer la volteamos hasta casi llegar a la cantera abandonada de piedra de marés donde dimos media vuelta y navegamos muy despacio y muy cerca de la costa, bordeando la cara este de la punta hasta que reconoció la entrada de la cueva debajo de un acantilado con un bosquecillo detrás y muy cerca de un mojón geodésico. En el momento en que me confirmó que se trataba de la entrada de su cueva, con el último rayo de luz, vimos saltar un delfín justo delante de nuestra proa. Luego nos volvimos.

Enhorabuena por tus relatos, me encantan las aventuras de tesoros y barcos hundidos y más si son en nuestra isla.
ResponderSuprimirDebia ser un tipo peculiar Colau, debia ser fantastico escuchar sus historias. Cuando buceo a veces dejo volar mi imaginación y también veo ánforas donde solo hay trozos de loza y rocas con forma de barco hundido, oigo delfines (eso es cierto) e imagino que pasaria si.......
Todos le recordaremos con mucho cariño y seguiremos buscando nuestro tesoro.
ResponderSuprimirUn saludo.
Boni